Vasilisa la bella, ilustración de Iván Bilibin

Vasilisa la bella es un cuento popular ruso muy conocido en tierras eslavas, y cuenta con figuras tan célebres como la bruja Yagá y los jinetes blanco, rojo y negro. Afanásiev lo recogió magistralmente en sus obras e Iván Bilibin, como hizo con otros tantos, ilustró el cuento de manera sobresaliente. 

Os dejamos el texto íntegro y el vídeo de la adaptación cinematográfica que vio la luz en la Unión Soviética en el año 1939 (Aleksandr Rou).


Vasilisa la bella


En cierto reino vivía un mercader que tenía una única hija, Vasilisa la Bella. La madre falleció cuando la niña contaba ocho años. Sintiendo próximo su fin, la madre llamó a la niña, sacó de entre las sábanas una muñequita y se la entregó diciéndole:

—Escucha mis últimas palabras, Vasilisa, obedece mi última voluntad. Te dejo esta muñeca. Consérvala siempre a tu lado y no se la enseñes a nadie. Si te ocurre algo malo, dale de comer y luego pídele consejo. La muñequita comerá lo que le des y te socorrerá en tus dificultades.

La mujer del mercader besó a su hija y, unos instantes después, murió. El viudo sintió mucho la muerte de su mujer, pero pasado algún tiempo, quiso volverse a casar. Eligió una mujer que tenía dos hijas aproximadamente de la misma edad que Vasilisa. Eso significaba que tenía experiencia como ama de casa y como madre. Así que el mercader se casó con ella. Pero la mujer y sus dos hijas estaban celosas de Vasilisa. Envidiaban su belleza y la agobiaban de trabajo para que adelgazara de cansancio y para que el viento y el sol estropeasen su blanca piel. En todo el día no se oía en la casa más que gritos:

—¡Vasilisa, Vasilisa! ¡Haz la comida, barre la casa, trae la leña, ordeña las vacas, y date prisa, no pongas esa cara, que parece que vienes de un entierro!


El Vazuza y el Volga estuvieron discutiendo mucho tiempo cuál de los dos era el más listo, fuerte y digno de mayor respeto. Al cabo de largos debates, y como no lograron ponerse de acuerdo, decidieron lo siguiente:

—Nos acostaremos los dos al mismo tiempo. Luego, el que más temprano se despierte y antes llegue al mar de Jvalynsk, ese será el más listo, más fuerte y digno de mayor respeto.

El Volga se acostó a dormir, y también se acostó el Vazuza. Pero el Vazuza se levantó en plena noche sin hacer ruido, escapó del Volga, buscó el camino más recto y más corto, y comenzó a fluir.

Cuando el Volga se despertó, echó a fluir, ni lento ni apresurado, sino como debe ser. En Zubtsov alcanzó al Vazuza, pero era ya tan imponente, que el Vazuza se asustó, se declaró hermano suyo menor y le pidió al Volga que le tomara en sus brazos y le condujera al mar de Jvalynsk.

Sin embargo, el Vazuza es el primero que despierta en primavera y hace salir al Volga de su sueño invernal.


El Vazuza y el Volga, un cuento corto de A. N. Afanásiev



A mis primeros alumnos, a mis veintitrés “magníficos”:

La tradición hindú nos cuenta que un maestro ha de aprender siempre de sus propios alumnos. El mismo Gandhi afirmaba que “El verdadero maestro es el que se considera alumno de sus alumnos”. Y, en efecto, difícilmente se puede transmitir conocimiento alguno sin contar con el respeto y la atención del receptor. Y, en el ámbito pedagógico, para conseguir ambas cosas primero hay que aprender del alumno, de sus costumbres, sus gustos, sus problemáticas, sus preocupaciones; de su vida, en definitiva.

Muchos profesores de nuestro tiempo se muestran temerosos de inmiscuirse en lo que consideran un terreno peligroso; otros, por su parte, consideran directamente que la vida no académica del alumno se encuentra fuera de sus obligaciones y que, por tanto, no les concierne. Estos profesores ignoran que entrar en tales terrenos les traerá más beneficios que perjuicios. Yo lo he comprobado.

2 de febrero de 2015: 1º D


Recuerdo el primer día que entré al aula de 1ºD. Era época de exámenes, por lo que el aula asignada no era la habitual del curso, sino una tan pequeña que hacía que los alumnos se tuvieran que apiñar en las mesas. La monotonía que imponían veintitrés almas reglamentariamente uniformadas y apropiadamente sentadas sólo podía ser alterada por las risas de los chavales y por la animada conversación sobre los planes para el fin de semana que mantenía Natalia con dos compañeras. Pronto me dirigieron divertidas e inquisidoras miradas que parecían rezar “¿quién carajo es este tío y qué hace aquí?”.

Tres meses han pasado desde entonces. Se dice pronto. Esta mañana me ha costado muchísimo salir de casa. Definitivamente, no soy hombre de despedidas. Odio esos momentos. Soy de los que prefieren calar profundo allá donde van y, cuando se marchan sin avisar, no dejar tras de sí más que buenos recuerdos. Sin embargo, en este caso, la despedida era tan ineludible como dulce. Dulce porque no es un “adiós”, sino un “hasta luego”. Dulce por vuestras caras, por veros emocionados, por sentir vuestro agradecimiento. Dulce por vuestras sonrisas. Por las chuches. Por el bollito de Irene. Dulce, en definitiva, porque, chicos, no todas las lágrimas son amargas.



Por otro lado, siempre me he considerado un tío poco emocionable, con una mente fuerte y alejada de sentimentalismos. Pero hoy, al salir por la misma puerta que atravesé el 2 de febrero, he tenido que agachar la cabeza. Se me ha escapado un suspiro y he pensado: “¿ya está?”. Sin embargo, no es momento para la tristeza. Todo lo contrario. No sabéis qué feliz y cuán satisfecho me habéis hecho sentir. Sentir que el cariño que os he cogido durante estos tres meses es recíproco es absolutamente impagable. Además, hay algo que ni el tiempo ni la distancia podrán borrar: siempre seréis mis primeros alumnos.


Me habéis regalado muchas cosas, pero la más importante de todas han sido vuestras ganas de aprender. Confío muchísimo en vosotros y espero saber que seguís progresando. Estoy seguro de ello. Culminaréis con éxito el proyecto de grandes personas que ya sois.

GRACIAS a vosotros.

“La enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón.”

Howard G. Hendricks



Volvemos de nuestro retiro estival para conmemorar el aniversario de uno de los grandes. Hace 168 años, nacía en la hacienda de Yásnaya Poliana, a 200 kilómetros de Moscú, uno de los mejores escritores de todos los tiempos, que nos regalaría obras de arte tan inmortales como Anna Karénina, Guerra y Paz, Los cosacos o La muerte de Iván Ilich.

Os dejamos su obra La muerte de Iván Ilich, cortesía de Ciudad Seva.

La muerte de Iván Ilich


1
Durante una pausa en el proceso Melvinski, en el vasto edificio de la Audiencia, los miembros del tribunal y el fiscal se reunieron en el despacho de Iván Yegorovich Shebek y empezaron a hablar del célebre asunto Krasovski. Fyodor Vasilyevich declaró acaloradamente que no entraba en la jurisdicción del tribunal, Iván Yegorovich sostuvo lo contrario, en tanto que Pyotr Ivanovich, que no había entrado en la discusión al principio, no tomó parte en ella y echaba una ojeada a la Gaceta que acababan de entregarle.
-¡Señores! -exclamó- ¡Iván Ilich ha muerto!
-¿De veras?
-Ahí está. Léalo -dijo a Fyodor Vasilyevich, alargándole el periódico que, húmedo, olía aún a tinta reciente.

Estimados amigos, me complace traeros las últimas noticias acerca del lanzamiento de mi primera novela, "Cuando los osos hibernan", que se lanzará en tres ediciones distintas.
 
1) Edición estándar en papel, de 15x21 cms y con tapa blanda. Esta versión está pensada para aquellos que buscan una opción en papel económica y de bolsillo. Verá la luz al mínimo coste posible.

2) Edición especial en papel de 17x23,5 cms (estamos intentando que sea en tapa dura). Esta versión está dirigida a los que leen siempre en casa o a los que disfrutan leyendo libros de mayor tamaño.
 
3) Edición digital. Ante vuestras peticiones, hemos decidido ponernos manos a la obra. En estos momentos estamos trabajando para que los amantes de los eBooks tengáis a vuestra disposición la versión electrónica de la novela. Obviamente, será la opción más económica de las tres.

Por otra parte, estamos trabajando en incluir apéndices con glosario de términos, mapas, fotografías y unas pequeñas notas históricas.

Portada edición normal

Portada edición especial


Os dejo el cuento con el que acabo de ganar un certamen de relatos cortos (máximo 6.000 carácteres). Es un homenaje al gran James Oliver Curwood.


La osa 

La cacería se reanudó con las primeras luces del día. Tímidos rayos blanquecinos agujereaban ya la niebla, que cubría el bosque de coníferas con su manto etéreo. Como reunidos para una orquesta, pajarillos de todo tipo entrelazaban sus melodías cantando al sol primaveral. Un pájaro carpintero, que parecía hacer las veces de director, tamborileaba armoniosamente sobre el tronco de un pino. Iván miraba maravillado su precioso plumaje blanquinegro, que contrastaba con el rojo intenso de la nuca y el vientre, mientras su padre, indiferente, enterraba la hoguera con los pies.

—¡Padre, no haga tanto ruido! Espantará a los pájaros ―susurró.

—¡Al diablo los pájaros! Esa endemoniada osa nos lleva ventaja. Hay que partir de inmediato —gruñó el viejo Bera, mientras apartaba de su brazo la mano del hijo.

Antes de desmontar el campamento, dejaron que la yeguada –compuesta por dos hembras de manto blanco y un garañón bayo- abrevara en el río cercano, mientras compartían en la orilla un frugal desayuno compuesto por tocino, pan y aguardiente. Asentaron las provisiones en las bestias y cabalgaron río arriba, siguiendo, sin éxito, el rastro de la osa. Después de cinco jornadas y cerca de sesenta millas recorridas, el desánimo comenzaba a instalarse en el corazón de los cazadores.

Aquella noche, mientras padre e hijo se afanaban en avivar el fuego, llegaron los lobos. Descendieron precipitadamente la colina, impelidos por el olor de los corceles, que relinchaban y piafaban bajo los pinos. Iván tomó los fusiles y lanzó uno a su padre, que ya sostenía una improvisada antorcha. Los lobos amagaban el ataque y se ocultaban ágilmente de la vista de los dos hombres, buscando lugares más ventajosos. El viejo logró acertar con la antorcha a un enorme macho negro que se le había abalanzado. Su chillido hizo que el resto de la manada se erizara. La siniestra danza de las fieras no se detuvo hasta que Iván alcanzó en un costado a la hembra dominante. A su aullido le siguieron otros tantos y, poco a poco, el sonido se fue apagando en el bosque. El resto de la noche se turnaron en la guardia, pero los lobos no volvieron.

Emplearon la mañana siguiente en cazar algunos conejos y perdices, pues los víveres empezaban a escasear. Al mediodía empezó a llover con fuerza y el viejo Bera se enfadó al pensar que el agua borraría el rastro. Lograron cobijarse bajo el refugio natural que otorgaba el saliente de un peñasco, y allí comieron y esperaron a que amainara la tormenta, hasta que ocurrió: una gigantesca hembra de oso pardo apareció detrás de la roca y se irguió amenazadoramente a escasos pasos de los cazadores, que no pudieron reaccionar. La osa se dejó caer sobre sus grandes manos, golpeando el suelo encharcado con todo el peso de su cuerpo mientras gruñía y miraba a los hombres. Acercó su hocico a escasos centímetros de la cara de Iván, que, aunque había cerrado los ojos, podía percibir sobre él el aliento de la criatura. El universo se paró un instante. Al fin, la osa resopló, dio media vuelta y se perdió velozmente en la espesura. Bera se lanzó a por su rifle, pero la osa ya no estaba a tiro. Padre e hijo se miraron como compartiendo un mismo pensamiento.

―Toda una advertencia ―concluyó Iván, con una sonrisa forzada.

―Han de hablar las armas, muchacho ―Bera se incorporó y ayudó a levantarse a su hijo―. ¡Vamos, a los caballos!

Persiguieron a la osa hasta un vasto pinar partido en dos por una profunda quebrada. Sólo las torpes pisadas de los cazadores eran capaces perturbar la absoluta paz que reinaba en el lugar. Ataron los caballos a un abeto y avanzaron hacia el borde de la quebrada. Se tumbaron con los fusiles amartillados y se arrastraron para asomarse en silencio. Pronto oyeron el rumor del agua. Un pequeño torrente atestado de rocas fluía impetuoso en el centro del desfiladero. En la orilla más alejada pudieron distinguir un roquedo salpicado de zarzas. De repente, la vieron. La gran mancha ocre emergió de su refugio pétreo y se alzó sobre sus poderosas patas traseras. Su hocico se balanceaba arriba y abajo, como asintiendo, y se humedecía a medida que olfateaba.

―Déjamela a mí, chico ―ordenó el viejo mientras apuntaba al pecho. Iván asintió.

El dedo jugueteaba nervioso mientras acariciaba la superficie del gatillo. Aguardando el momento preciso, Bera respiró profundamente y afirmó el arma por última vez. La osa cayó de súbito, desapareciendo de la mira del fusil; sin embargo, no se escuchó disparo alguno. Al levantar la vista, los cazadores pudieron distinguir una pequeña y juguetona mata de pelo castaño encaramándose orgullosa al lomo de su recién derribada madre. Ésta empezó a retozar sobre la hierba, ofreciendo a su cría la leche de su vientre. Enseguida apareció otra cabecita de la osera, exhibiendo en la nuca la inconfundible mancha blanca de los oseznos. Los cazadores casi sonrieron al ver aparecer una tercera cría. La paz de la quebrada fue alterada por un alegre eco de pequeños gruñidos, que se entremezclaban dulcemente con el arrullo del agua. Bera desmontó el arma.

Desandando el camino de la quebrada, el joven Iván preguntó a su padre por qué se había detenido. El gesto de Bera se tornó solemne, y a Iván le pareció por un instante que su padre era más viejo.

―A veces, la emoción más grande de la caza no es matar, sino dejar vivir.

―Bien ―respondió Iván, resignado―, supongo que aún estamos a tiempo de cazar unos urogallos.






Alberto Mateo



Hemos vuelto a la faena tras un tiempo de descanso protagonizado por las vacaciones de Navidad y una inoportuna lesión deportiva. Hemos reestructurado el blog y hemos cambiado su apariencia, "resubiendo" todas las entradas antiguas. Por otro lado, nos complace anunciaros que el proyecto literario "Cuando los osos hibernan" está, al fin, cerca de la meta.

 
Portada definitiva del libro 





Felicidad para todos vosotros en este año que entra, año que viene cargado de novedades en cuanto a "Cuando los osos hibernan" y otros proyectos literarios de los que ya os hablaré.

Os dejo un cuento navideño de Fiódor Dostoiévski. ¡Que Ded Moroz os regale muchas cosas!


Un árbol de Navidad y una boda


Hace un par de días asistí yo a una boda... Pero no... Antes he de contarles algo relativo a una fiesta de Navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y aquella de marras me gustó mucho... Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de la fiesta de Navidad. Pero voy a contarles lo que allí sucedió.


Hará unos cinco años, cierto día entre Navidad y Año Nuevo, recibí una invitación para un baile infantil que había de celebrarse en casa de una respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era un personaje influyente que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo de amistades, desempeñaba un gran papel en sociedad y solía urdir todos los enredos posibles; de suerte que podía suponerse, desde luego, que aquel baile de niños sólo era un pretexto para que las personas mayores, especialmente los señores papás, pudieran reunirse de un modo completamente inocente en mayor número que de costumbre y aprovechar aquella ocasión para hablar, como casualmente, de toda clase de acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí las referidas cosas y acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como entre los presentes apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada entre la gente, sin que nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo.