Os dejo el cuento con el que acabo de ganar un certamen de relatos cortos (máximo 6.000 carácteres). Es un homenaje al gran James Oliver Curwood.


La osa 

La cacería se reanudó con las primeras luces del día. Tímidos rayos blanquecinos agujereaban ya la niebla, que cubría el bosque de coníferas con su manto etéreo. Como reunidos para una orquesta, pajarillos de todo tipo entrelazaban sus melodías cantando al sol primaveral. Un pájaro carpintero, que parecía hacer las veces de director, tamborileaba armoniosamente sobre el tronco de un pino. Iván miraba maravillado su precioso plumaje blanquinegro, que contrastaba con el rojo intenso de la nuca y el vientre, mientras su padre, indiferente, enterraba la hoguera con los pies.

—¡Padre, no haga tanto ruido! Espantará a los pájaros ―susurró.

—¡Al diablo los pájaros! Esa endemoniada osa nos lleva ventaja. Hay que partir de inmediato —gruñó el viejo Bera, mientras apartaba de su brazo la mano del hijo.

Antes de desmontar el campamento, dejaron que la yeguada –compuesta por dos hembras de manto blanco y un garañón bayo- abrevara en el río cercano, mientras compartían en la orilla un frugal desayuno compuesto por tocino, pan y aguardiente. Asentaron las provisiones en las bestias y cabalgaron río arriba, siguiendo, sin éxito, el rastro de la osa. Después de cinco jornadas y cerca de sesenta millas recorridas, el desánimo comenzaba a instalarse en el corazón de los cazadores.

Aquella noche, mientras padre e hijo se afanaban en avivar el fuego, llegaron los lobos. Descendieron precipitadamente la colina, impelidos por el olor de los corceles, que relinchaban y piafaban bajo los pinos. Iván tomó los fusiles y lanzó uno a su padre, que ya sostenía una improvisada antorcha. Los lobos amagaban el ataque y se ocultaban ágilmente de la vista de los dos hombres, buscando lugares más ventajosos. El viejo logró acertar con la antorcha a un enorme macho negro que se le había abalanzado. Su chillido hizo que el resto de la manada se erizara. La siniestra danza de las fieras no se detuvo hasta que Iván alcanzó en un costado a la hembra dominante. A su aullido le siguieron otros tantos y, poco a poco, el sonido se fue apagando en el bosque. El resto de la noche se turnaron en la guardia, pero los lobos no volvieron.

Emplearon la mañana siguiente en cazar algunos conejos y perdices, pues los víveres empezaban a escasear. Al mediodía empezó a llover con fuerza y el viejo Bera se enfadó al pensar que el agua borraría el rastro. Lograron cobijarse bajo el refugio natural que otorgaba el saliente de un peñasco, y allí comieron y esperaron a que amainara la tormenta, hasta que ocurrió: una gigantesca hembra de oso pardo apareció detrás de la roca y se irguió amenazadoramente a escasos pasos de los cazadores, que no pudieron reaccionar. La osa se dejó caer sobre sus grandes manos, golpeando el suelo encharcado con todo el peso de su cuerpo mientras gruñía y miraba a los hombres. Acercó su hocico a escasos centímetros de la cara de Iván, que, aunque había cerrado los ojos, podía percibir sobre él el aliento de la criatura. El universo se paró un instante. Al fin, la osa resopló, dio media vuelta y se perdió velozmente en la espesura. Bera se lanzó a por su rifle, pero la osa ya no estaba a tiro. Padre e hijo se miraron como compartiendo un mismo pensamiento.

―Toda una advertencia ―concluyó Iván, con una sonrisa forzada.

―Han de hablar las armas, muchacho ―Bera se incorporó y ayudó a levantarse a su hijo―. ¡Vamos, a los caballos!

Persiguieron a la osa hasta un vasto pinar partido en dos por una profunda quebrada. Sólo las torpes pisadas de los cazadores eran capaces perturbar la absoluta paz que reinaba en el lugar. Ataron los caballos a un abeto y avanzaron hacia el borde de la quebrada. Se tumbaron con los fusiles amartillados y se arrastraron para asomarse en silencio. Pronto oyeron el rumor del agua. Un pequeño torrente atestado de rocas fluía impetuoso en el centro del desfiladero. En la orilla más alejada pudieron distinguir un roquedo salpicado de zarzas. De repente, la vieron. La gran mancha ocre emergió de su refugio pétreo y se alzó sobre sus poderosas patas traseras. Su hocico se balanceaba arriba y abajo, como asintiendo, y se humedecía a medida que olfateaba.

―Déjamela a mí, chico ―ordenó el viejo mientras apuntaba al pecho. Iván asintió.

El dedo jugueteaba nervioso mientras acariciaba la superficie del gatillo. Aguardando el momento preciso, Bera respiró profundamente y afirmó el arma por última vez. La osa cayó de súbito, desapareciendo de la mira del fusil; sin embargo, no se escuchó disparo alguno. Al levantar la vista, los cazadores pudieron distinguir una pequeña y juguetona mata de pelo castaño encaramándose orgullosa al lomo de su recién derribada madre. Ésta empezó a retozar sobre la hierba, ofreciendo a su cría la leche de su vientre. Enseguida apareció otra cabecita de la osera, exhibiendo en la nuca la inconfundible mancha blanca de los oseznos. Los cazadores casi sonrieron al ver aparecer una tercera cría. La paz de la quebrada fue alterada por un alegre eco de pequeños gruñidos, que se entremezclaban dulcemente con el arrullo del agua. Bera desmontó el arma.

Desandando el camino de la quebrada, el joven Iván preguntó a su padre por qué se había detenido. El gesto de Bera se tornó solemne, y a Iván le pareció por un instante que su padre era más viejo.

―A veces, la emoción más grande de la caza no es matar, sino dejar vivir.

―Bien ―respondió Iván, resignado―, supongo que aún estamos a tiempo de cazar unos urogallos.






Alberto Mateo


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