A mis primeros alumnos, a mis veintitrés “magníficos”:

La tradición hindú nos cuenta que un maestro ha de aprender siempre de sus propios alumnos. El mismo Gandhi afirmaba que “El verdadero maestro es el que se considera alumno de sus alumnos”. Y, en efecto, difícilmente se puede transmitir conocimiento alguno sin contar con el respeto y la atención del receptor. Y, en el ámbito pedagógico, para conseguir ambas cosas primero hay que aprender del alumno, de sus costumbres, sus gustos, sus problemáticas, sus preocupaciones; de su vida, en definitiva.

Muchos profesores de nuestro tiempo se muestran temerosos de inmiscuirse en lo que consideran un terreno peligroso; otros, por su parte, consideran directamente que la vida no académica del alumno se encuentra fuera de sus obligaciones y que, por tanto, no les concierne. Estos profesores ignoran que entrar en tales terrenos les traerá más beneficios que perjuicios. Yo lo he comprobado.

2 de febrero de 2015: 1º D


Recuerdo el primer día que entré al aula de 1ºD. Era época de exámenes, por lo que el aula asignada no era la habitual del curso, sino una tan pequeña que hacía que los alumnos se tuvieran que apiñar en las mesas. La monotonía que imponían veintitrés almas reglamentariamente uniformadas y apropiadamente sentadas sólo podía ser alterada por las risas de los chavales y por la animada conversación sobre los planes para el fin de semana que mantenía Natalia con dos compañeras. Pronto me dirigieron divertidas e inquisidoras miradas que parecían rezar “¿quién carajo es este tío y qué hace aquí?”.

Tres meses han pasado desde entonces. Se dice pronto. Esta mañana me ha costado muchísimo salir de casa. Definitivamente, no soy hombre de despedidas. Odio esos momentos. Soy de los que prefieren calar profundo allá donde van y, cuando se marchan sin avisar, no dejar tras de sí más que buenos recuerdos. Sin embargo, en este caso, la despedida era tan ineludible como dulce. Dulce porque no es un “adiós”, sino un “hasta luego”. Dulce por vuestras caras, por veros emocionados, por sentir vuestro agradecimiento. Dulce por vuestras sonrisas. Por las chuches. Por el bollito de Irene. Dulce, en definitiva, porque, chicos, no todas las lágrimas son amargas.



Por otro lado, siempre me he considerado un tío poco emocionable, con una mente fuerte y alejada de sentimentalismos. Pero hoy, al salir por la misma puerta que atravesé el 2 de febrero, he tenido que agachar la cabeza. Se me ha escapado un suspiro y he pensado: “¿ya está?”. Sin embargo, no es momento para la tristeza. Todo lo contrario. No sabéis qué feliz y cuán satisfecho me habéis hecho sentir. Sentir que el cariño que os he cogido durante estos tres meses es recíproco es absolutamente impagable. Además, hay algo que ni el tiempo ni la distancia podrán borrar: siempre seréis mis primeros alumnos.


Me habéis regalado muchas cosas, pero la más importante de todas han sido vuestras ganas de aprender. Confío muchísimo en vosotros y espero saber que seguís progresando. Estoy seguro de ello. Culminaréis con éxito el proyecto de grandes personas que ya sois.

GRACIAS a vosotros.

“La enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón.”

Howard G. Hendricks


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